La pérdida de la inocencia

Aún recuerdo la primera vez. Era una de esas innumerables visitas a urgencias, típicas de padres primerizos. Tú, un bebé jovial, que no lloraba al estar en brazos de nadie, que siempre regalabas generosas sonrisas a quien te cogía o sencillamente te prestaba una décima de segundo de atención.TeresaLlegaron las enfermeras, nos obligaron a salir. Recuerdo tu cara, la de siempre, tranquila, sabedora de que no te iba a pasar nada, que te dejábamos manos amigas, con esa perenne confianza en el rostro. Recuerdo después tus desgarradores gritos como puñaladas en el alma, dos personas hicieron falta para sujetarte y pincharte en ambos brazos. Recuerdo tu llanto, recuerdo abrazarte fuerte contra mí, recuerdo jurarte que nunca más dejaría que te pasara nada y, lo peor, recuerdo tu cara, y el gesto de traición recibida que nunca había tenido que expresar. Sólo eras un bebé y ya tu cara había aprendido cómo articular ese gesto.

Recuerdo cuando te caíste en la piscina. La primera vez que veías tu propia sangre. Visita al botiquín y tú gritando, en vano “¡No me ha pasado nada!” al ATS, “¡A guardar, a guardar!” mientras sacaba las gasas y el agua oxigenada. Ahí empezaste a sentir el miedo a las caídas, ahí perdiste esa seguridad sobre la protección que te brindaba mi presencia.

Recuerdo esas primeras semanas de cole… Tú tenías 2 años y algunos meses. Esa cara cada mañana cuando te dejaba. A veces, el llanto comenzaba en el ascensor, seguía en el atasco, al bajar del coche, al dejarte… Recuerdo ese nudo en el estómago durante el resto del camino al trabajo “¿no serías demasiado pequeña? ¿era, de verdad, necesario?“… Después me enteré que los llantos cesaban al reunirte con tu profe y compañeros.

Recuerdo la primera vez que te grité. Recuerdo cómo, de nuevo, tu cara “aprendía” otro gesto: el del miedo “¿Qué le había pasado a papá? ¿por qué?“.

Recuerdo que hace poco te caíste al salir del cole. Contenta por la uniformidad de verano, rodillas al aire, tropezón y caída. De nuevo una herida. Y el miedo. Recuerdo esa noche en la que te oí cómo en sueños, de nuevo, revivías ese momento. Al día siguiente logramos convencerte de ponerte dicha uniformidad y no el pantalón largo. De nuevo, “falló el dispositivo de seguridad materno-paterno”.

Hoy, al salir de natación, te ha picado una avispa. Tú que, sin haber sentido antes ese dolor agudo, te limitabas a regañar a todos los bichos que se te acercaban con un inocente “¡Vete, vete! ¡No molestes más!“. Ahora se ha transformado en irracional pánico… incluso por una diminuta hormiga. Espero se te pase pronto.

Sólo tienes poco más de 4 años. Esos momentos cada vez serán más graves. Y cada uno de esos momentos que me toque vivir se reflejarán en sentimiento de impotencia por no haber podido evitártelos.

Y es que poco a poco, la inocencia no se va perdiendo, te la van arrancando a jirones dejándote heridas abiertas a cicatrizar con miedo, desconfianza, traición… y curtiéndote… Convirtiéndote en “persona” … ¡Pues vaya manera! Ojalá todos conserváramos más de aquella inocencia, de esa confianza… A todos nos iría mejor, desde luego.

Una bonita versión de un tema de los Beatles para acompañar el post

Across the Universe, de Lydia

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